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Crisis de liderazgo en Israel después de las elecciones del 17 de septiembre

Tras una campaña electoral muy intensa, y de otra forzada ronda de elecciones generales, la crisis de liderazgo del Gobierno israelí sigue colocada bastante cerca del punto en que la dejó el primer ministro, Benjamín Netanyahu. Ninguno de los candidatos que emergieron del nuevo plebiscito realizado el 17 de setiembre parece tener la vaca atada. El que intente formar el Poder Ejecutivo necesita ganar el respaldo de por lo menos 61 de los 120 legisladores que componen el Parlamento de ese país. En todo caso, habrá que ver si el que resulta ser la nueva escoba, es capaz de barrer bien.

Tras las elecciones del 17 de septiembre, el partido más votado fue el Azul y Blanco, que es de centroizquierda (y agrupa en sus filas a 33 parlamentarios) y está presidido por un ex comandante de las fuerzas armadas, general Benny Gantz, cuya conducción atrae el respaldo de otros militares de jerarquía y de un político en ascenso llamado Yair Lapid, un personaje que tiende a crecer en el panorama político israelí a pesar de su corta trayectoria. Al mismo tiempo, ese flanco político cojea por la notoria pérdida de entidad del Partido Laborista, una fuerza histórica que, no obstante haber conducido el gobierno durante gran parte de la historia israelí (con el antecedente del Partido Avodá, cuyo máximo dirigente fue Ben Gurión), sólo consiguió 6 escaños. No mucho más aportan la denominada Unión Democrática representada por Meretz y la Izquierda Pacifista, las que alcanzaron otros 5 escaños. En consecuencia, el total de las agrupaciones más votadas y de enfoque común es de 54 legisladores, 7 menos de los necesarios para ser Poder Ejecutivo.

En paralelo, los partidos que representan a los israelíes palestinos (que componen el 21% de la población) y son parte de la denominada Lista Conjunta, obtuvieron 13 bancas, lo que implica bastante solidez tras las duras acusaciones que les dirigió Netanyahu, quien los acusó de ser la quinta columna de los que tratan de destruir el Estado israelí.

A pesar de haberse unido a la derecha Kulanu del ministro de Finanzas, Moshe Khalon, el Partido de Netanyahu, el Likud, sólo obtuvo 31 bancas (en abril había logrado 5 más), la ultraderecha representada por el Partido Yamina 7, los religiosos Shas 9 (ultraortodoxos sefardíes) y la Unión de la Torá y el judaísmo 8 (ultraortodoxos askenazis). En los hechos, ambas ecuaciones políticas con mayoría significativa protagonizan un empate que hoy no parece muy fácil destrabar.

Conviene destacar que Israel Nuestra Casa consiguió 9 bancas (en la anterior votación sólo 5), lo que demuestra la vigencia de Liberman en la política israelí, quien tras haber sido en los años 80 jefe de gabinete de Netanyahu y haber ocupado diversos cargos ministeriales, se restableció como figura política al organizar su propio partido con grupos humanos que emigraron a Israel desde los países que integraban la ex Unión Soviética. Apoyado por esos contingentes, Liberman exigió sin éxito, primero como ministro de Defensa, una acción más combativa contra Hamas en Gaza, lo que lo obligó a renunciar a su puesto. Sin embargo, dejando atrás tan altisonante gesto fallido, puso como requisito dos condiciones para unirse a la circunstancial coalición que hubo con miras a las elecciones de abril: dotar de mayor laicidad al Estado judío y obligar a que los estudiantes de las escuelas religiosas ortodoxas hagan el servicio militar. Con ello se transformó en la persona que puede llegar a decidir la constitución del gobierno de la 22 (nueva) Knesset, con la muy posible ambición de ser el mismo el primer ministro en un futuro no muy lejano.

Lo cierto es que después de una lucha sin cuartel entre los extremos de la política israelí, la tendencia actual parece encaminarse a forjar una coalición entre las tendencias del centro y seculares basada en la unidad y el consenso, opción que apoyan tanto Gantz como Liberman. Inclusive el propio Netanyahu, que después de asegurarse la solidaridad de los órganos partidarios del Likud, y de sus socios ortodoxos, para una eventual negociación sin precondiciones (a fin de evitar que cualquiera de ellos se asocie con sus oponentes), apoya un Gobierno de unidad nacional, ya que no se contempla una tercera elección. La fatiga que produjeron en la población las campañas políticas que se desarrollaron durante todo el año, cuando existen problemas económicos y financieros que deben resolverse, no dan margen para ninguna otra aventura. De todos modos, quedan varias opciones y problemas por resolver, acentuados por el hecho de que nadie ignora que la lucha de Netanyahu por su supervivencia política es parte de una estrategia orientada a evitar que su ostracismo genere un futuro riesgo.

AEV/EL ECONOMISTA