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¿Está justificado el actual nivel de alarmismo sobre una “emergencia climática?

En los últimos meses se ha popularizado la expresión ’emergencia climática’ para referirse al calentamiento global y sus consecuencias, dando a entender que la humanidad se encuentra en un peligro inminente a causa de ello. Es cierto que las proyecciones de los organismos internacionales pronostican un aumento de la pobreza y de determinadas enfermedades a causa del cambio climático, pero a medio plazo. Los datos hasta ahora no parecen corroborar que actualmente exista una ’emergencia climática’, con las estadísticas de pobreza y mortalidad infantil en mínimos históricos.

El hecho de que no vaya a haber un inminente cataclismo climático no implica, obviamente, que el calentamiento global no suponga un riesgo muy serio. Recientes modelos prevén una aceleración en el aumento de temperaturas, que podría tener múltiples ramificaciones: millones de personas desplazadas (con los consiguientes conflictos violentos), mayor incidencia de la malaria y el dengue o aumento de las muertes directamente atribuibles a episodios de calor extremo, cada vez más frecuentes.

Nos enfrentamos por tanto al dilema de actuar contra el calentamiento global sabiendo que priorizar la presunta ’emergencia climática’ a corto plazo puede frenar en seco el crecimiento de los países en vías de desarrollo, con el consiguiente impacto en las cifras de pobreza. Sin embargo, un enfoque más flexible que respete el crecimiento de dichos países puede ayudarnos a encontrar un equilibrio razonable a medio-largo plazo entre ambos objetivos. Es lo que se llama ‘curva de Kuznets ambiental’, que se puede aplicar al caso particular de las emisiones de carbono.

Según este modelo, la contaminación provocada por un país crece a medida que su economía se desarrolla en sus fases iniciales (como sucede actualmente en China o India, y sucedió el siglo pasado en Occidente). Sin embargo, en cierto momento se alcanza un punto de inflexión en el que la economía se sigue desarrollando, pero la contaminación comienza a descender, dado que el crecimiento económico ha reducido la pobreza a un nivel que hace socialmente aceptable priorizar la contaminación. Es a partir de este momento cuando los Estados regulan voluntariamente sus emisiones y realizan inversiones en tecnología para mejorar su eficiencia energética o buscar fuentes alternativas de electricidad. Teóricamente se puede alcanzar un equilibrio entre crecimiento y emisiones a largo plazo, sin impedir el desarrollo de los países más pobres.

AEV/ OurWorldInData.org