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La guerra comercial y de monedas de EE. UU vs China podría tener un trasfondo electorero

El carácter global del presente conflicto nos afecta a todo en el mundo de una u otra manera, porque las instituciones mundiales hablan ya de que este conflicto puede precipitar y agravar la próxima recesión que se ciernen en varias economías del mundo y de hecho ya está sacudiendo las bolsas mundiales.

En la escalada del conflicto posterior a la ruptura de las últimas negociaciones, no se puede negar la renovada agresividad arancelaria de Trump, pero sin duda el salto cualitativo lo ha dado una China que ha optado por sacar a la luz por fin la instrumentalización de su moneda como arma de ofensiva económica. Efectiva y sospechosamente la divisa china, acto seguido a la ruptura de las negociaciones, experimentó una fuerte depreciación que le llevó fulgurantemente por encima de la emblemática y psicológica barrera de los 7 yuanes por dólar y muy cerca de sus mínimos históricos, algo especialmente indicativo en una flotación fuertemente intervenida por su gobierno como es la de la divisa china. Con la supuesta maniobra china, el conflicto escala efectivamente de la esfera mayormente comercial, al frente económico más abierto, con una posible guerra de divisas, que casi siempre resultan ser muy dañinas incluso para el comercio mundial en su conjunto. Y eso ha llevado indudablemente este conflicto a un nuevo estadio, con la consiguiente y creciente consternación nacional e internacional.

Las posiciones encontradas desde el principio hasta el final de las negociaciones entre la representación de la Casa Blanca y la Pekín, no encontraron ningún posible punto de acuerdo intermedio. Tras ello, Trump anunció una nueva ronda de aranceles masivos al 10% sobre importaciones chinas por valor 300.000 millones de dólares. Por su parte, China hizo lo propio y anunció mayores penalizaciones a las importaciones agrícolas desde el país norteamericano.

Para muchos analistas y especialistas la guerra meramente arancelaria está fuertemente desequilibrada, y es una batalla mayormente perdida para China, a pesar de que también está produciendo un daño severo a la economía de EEUU, y en concreto a sus ciudadanos y empresas. La razón de esta asimetría es obvia: EEUU importa de China mucho más que China de EEUU, y además los productos chinos que EEUU importa son económicamente más estratégicos que unos productos estadounidenses gravados que son mayormente primarios.

En realidad, las implicaciones últimas son mucho más complejas de lo sintetizado, y pesar de ello, los chinos contra-atacan, y han visto claro que poner en el punto de mira los productos agrícolas estadounidenses puede ser también una potente arma electoral, puesto que buena parte de los apoyos de votantes a Trump provienen de Estados con una fuerte actividad agropecuaria. Y, por cierto, otro elemento es que Rusia también se está moviendo en este hueco.

Para algunos analistas ya tiempo que dejó esta guerra de ser la exclusividad meramente comercial, y no sólo ha tomado ya tintes claramente mediáticos e incluso electorales. Pero los riesgos se elevan cada vez mas que las agresiones y las amenazas y pueden acabar pasando pasar otro estadio, incluso con maniobras militares desafiantes, demostraciones de fuerza, y una miríada de otras posibles esferas de enfrentamiento que cada día adquieren una probabilidad de suceso progresivamente menos improbable.

En EEUU hay representados por el presidente Trump que están viendo temblar sus pilares más democráticos, y que corren el riesgo cierto de que este conflicto justifique mayores derivas autoritarias, propagandísticas, y de censura de informaciones, que pueden ser vendidas como que dañan los interesas nacionales en un conflicto que cada vez es visto más como una guerra abierta que no se pueden permitir perder como país. Tampoco se puede pasar por alto la fuerte polarización política que está sufriendo EEUU en torno a la polémica figura de Trump, con defensores incondicionales dispuestos literalmente a todo, y también con rotundos detractores.

Así, un conflicto como el chino puede dañar aún más la economía estadounidense, y aunque puede deteriorar los graneros de votos de Trump, puede ser que esto sólo ayudase a radicalizar aún más su base de votantes, cerrando filas todavía con mayor hermetismo en torno a la figura de Trump. Y esto puede que no sea un escenario especialmente malo en concreto para un presidente Trump del que aún nos queda mucho por ver hasta dónde es capaz de llegar, pero es un escenario nefasto para EEUU como potencia líder del mundo libre.

Por la parte china, la posición política puede ser más comprometida, a pesar del carácter totalitario del régimen comunista chino y su control cuasi-absoluto sobre la economía y la población, el panorama tampoco es muy halagüeño. China se encuentra actualmente en momentos bajos, con un modelo de crecimiento económico que se está demostrando ya agotado y que ha alcanzado recientemente mínimos de crecimiento desde hace décadas, sin que se esté todavía en condiciones de que otro motor de crecimiento alternativo le tome el relevo a día de hoy.

Por otro lado, las bolsas de millones de inmigrantes internos chinos se encuentran en bastante malas condiciones de vida y socioeconómicas en sus nuevos destinos urbanos, en un contexto en el que además no tienen apenas red social y familiar a la que asirse. Al mínimo contratiempo laboral, es muy probable que acaben cayendo en la exclusión social. Estas bolsas de inmigrantes internos en condiciones precarias son el caldo de cultivo ideal donde el descontento y la inestabilidad social se pueden acabar extendiendo como un reguero de pólvora en cuanto salte una chispa. Incluso los que han encontrado un trabajo no están muy contentos precisamente, suponiendo un peligro existencial hasta para un régimen policial e hiper-vigilado como el chino. Y tampoco olviden que un terremoto económico en un gigante como China, con alrededor de 1.400 millones de habitantes, puede generar potentes ondas sísmicas que afecten a todo el resto del mundo.

Pero, por muy poca democracia y libertad política que haya en un régimen como el chino, también los dirigentes chinos corren el riesgo de enfrentarse a una crisis política y de liderazgo (incluso interno). Efectivamente, según analizaba Bloomberg recientemente, el presidente chino Xi Jinping se encuentra actualmente en una peligrosa encrucijada. La delicada situación interna del mandatario chino se debate entre su comprometida y vulnerable posición en las negociaciones frente a Trump, la crisis de crecimiento económico, los temblores que ahora produce ese liderazgo con el que irrumpió en primera fila de la escena política de China y con el que justificó nuevas cotas de poder cuasi-absoluto, y por supuesto con un Hong-Kong rebelde que le está dando fuertes dolores de cabeza, y cuya extensión del conflicto a otras zonas de la oprimida China está inevitablemente sobre la mesa de operaciones policiales y políticas.

Así pues, a pesar de que la posición de Trump está claramente en entredicho frente a las elecciones de 2020, a pesar de que su economía también está sufriendo, a pesar de que los riesgos incluso democráticos son evidentes para una sociedad cada vez más polarizada, a pesar de todo ello, no hay que olvidar que EEUU sigue siendo un estado mayormente democrático, y que por tanto su capacidad de regeneración política todavía sigue siendo muy superior a la de una China cuyo sistema político se identifica casi plena y exclusivamente con el nuevo liderazgo cuasi-absolutista de su máximo representante chino.

En una China totalitaria, un cambio de gobierno es un proceso mucho más complejo e implica muchos mayores riesgos frente a lo habitual y co-natural que es en una democracia como la de EEUU. Esto es así especialmente en una China en la que la población está oprimida, y no disfruta de apenas libertades democráticas a pesar del arriesgado activismo pro-libertades, y donde cualquier paso en falso y cualquier ausencia de poder y liderazgo, aunque sea eventual, puede ser aprovechada por la disidencia (que también la hay económica) para que conflictos como el de Hong-Kong puedan generalizarse, buscando precipitar un cambio de régimen. Por muy sólido que pueda parecer el régimen chino, no olviden que la economía es uno de los grandes catalizadores de los cambios de régimen, y ya en el colapso de la extinta URSS el bloque comunista de derrumbó económicamente.

Y un cambio de régimen obviamente tendría para la jerarquía china mucho peores consecuencias especialmente en el contexto actual de inestabilidad creciente en China, al menos serían consecuencias infinitamente más dramáticas que para un Trump que simplemente pensaría en pasar de nuevo a ocuparse de sus negocios. Así pues, seguimos viendo cómo los gobernantes chinos a nivel político y personal arriesgan mucho más y están mucho más expuestos que Trump ante las nefastas consecuencias de esta guerra comercial en varios aspectos determinantes, por mucho que el coste para Trump, más bien para EEUU, pueda ser también alto.

 

AEV/Análisis de varios documentos.

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