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Los agentes de la Patrulla Fronteriza de EE. UU están viviendo una crisis moral

Las tareas de la agencia han cambiado radicalmente en la última década: de capturar a posibles narcotraficantes a estar sobrepasada por el flujo de migrantes desesperados y ser criticada por maltratar a la gente en su custodia. El Times entrevistó a veinticinco agentes sobre esta situación, desde los que prefirieron renunciar —“Encarcelar a la gente por una actividad no violenta comenzó a carcomerme por dentro”, dijo uno— hasta los que se han atrincherado en defensa de sus nuevas labores y se sienten resentidos por las críticas. Durante décadas, los agentes de la Patrulla Fronteriza fueron una fuerza de seguridad que pasaba mayormente inadvertida. A lo largo de la frontera suroeste, su trabajo era polvoriento y solitario. Entre persecuciones impulsadas por la adrenalina, las cáscaras de las semillas de girasol se apilaban afuera de las ventanas de sus camionetas pick-up inmóviles. Su especialidad era conocida como “guardarse”, lo cual significaba ocultarse en el desierto y los arbustos durante horas, esperando y observando, sin hacer nada más.

Hace dos años, cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca con la promesa de cerrar la puerta a la inmigración ilegal, todo cambió. Los casi 20.000 agentes de la Patrulla Fronteriza se convirtieron en la vanguardia de las medidas enérgicas más agresivas contra los migrantes que se hayan impuesto.

Ya no eran una organización casi militar, con la tarea de interceptar a los traficantes de drogas y perseguir a los contrabandistas. En cambio, su principal labor se transformó en bloquear y detener a cientos de miles de familias migrantes que huían de la violencia y la pobreza extrema, escoltar a miles de personas a tiendas de campaña y recintos parecidos a jaulas, separar a los niños de sus padres y enviar a estos últimos a prisión, identificar a quienes estaban demasiado enfermos para sobrevivir al calor en los centros de procesamiento tremendamente hacinados en toda la frontera sur.

AEV/NYT