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Japón se aferra a la trampa keynesiana: busca programas de estímulo para reactivar la economía

El keynesianismo apela a la contribución del gasto público para incrementar las tasas de crecimiento de una economía. En otras palabras, para relanzar el dinamismo económico el gobierno impulsar el gasto público, aunque ello implique un desequilibrio presupuestario. Probablemente Japón sea uno de los países más fieles a esta idea económica, y de ahí que recurrentemente el problema no es la idea, sino que “no ha sido lo suficientemente aplicada”. Aunque hoy en día el keynesianismo no es uno de los paradigmas académicos más influyentes, sigue teniendo un fuerte peso dentro de los círculos gubernamentales porque, al fin y al cabo, a los políticos les encanta el concepto de gestionar la demanda.

La economía de Japón tiene características notables. El país tiene un gobierno fuertemente endeudado cuya deuda pública es la mayor del mundo que supera el doble del tamaño de su economía en cinco billones de dólares. Así, para tratar de sobrevivir en el corto plazo, en Japón, se ha propinado un entorno prolongado de tipos de interés bajos fruto de la masiva flexibilización monetaria que ha desarrollado su banco central y que ha impedido profundas reformas estructurales. Y como la situación no ha sido lo suficientemente complicada durante estos años para la que es la tercera economía del mundo, el primer ministro japonés, Shinzo Abe, la mano que promovió las políticas económicas conocidas como Abenomics, ha ordenado a su gabinete **la composición de un importante paquete económico para hacer frente a los desastres naturales como los riesgos externos y apoyar el crecimiento económico tras los Juegos Olímpicos que se celebrarán en Tokio en 2020.

Que ahora se proponga más de 90.000 millones de dólares para impulsar el gasto público no es una política que llamemos nueva, sino que desde que comenzó la gran recesión económica a principios de la década de los noventa, Japón ha estado tratando de escapar de su difícil situación económica mediante la contribución al estímulo de la demanda agregada.

En estas décadas hemos visto como el gobierno japonés ha tratado de impulsar la economía con una serie de fuertes programas de gasto público. A su vez, el banco central japonés ha llevado los tipos de interés incluso a territorio negativo para poder financiar este gasto.

Como resultado de esta política continuada en el tiempo, hemos visto desde que se inició esta gran crisis inmobiliaria de la década de los noventa, la ratio deuda pública sobre PIB es incrementado en más de 200 puntos hasta alcanzar niveles que representan el 250% del PIB a finales de 2017 (línea negra). En este tiempo, hemos visto tipos de interés en mínimos incluso, desde el año 2016, se atrevió a explorar el territorio negativo con una tasa del -0,1% (línea azul).

Con semejante estímulo económico que hemos visto, lo lógico, bajo la visión keynesiana, sería una traducción en altas tasas de crecimiento económico pero sin embargo no ha sido así… El crecimiento económico se ha mantenido más bien débil con una economía estancada.

Lo peor de todo es que Japón vive en un estancamiento de su nivel de productividad. Para hacerlo más visible si comparamos Japón frente a los avances de productividad en Estados Unidos Alemania y Francia desde mediados de la década de los 90 vemos como la brecha entre estos países se ha ampliado notoriamente.

Como resultado de esta filosofía económica, a Japón le ha quedado un estado sobreendeudado que paraliza la actividad económica privada con los temores de aumentos de impuestos.

El problema es que en este paquete económico planteado se pretende dotar de un gasto adicional de 92.000 millones de dólares. Todo ello, en un gobierno que como debería estar promiviendo estructuralmente un ajuste presupuestario estructural para combatir todos aquellos riesgos vinculados con la deuda pública. Se sigue apelando a ese mantra tan extendido como es el estímulo de la economía a través del gasto público, cuando la política monetaria ya prácticamente está llegando a su límite con tipos de interés al -0,1% y el Banco de Japón y comprando todo lo que puede ya sea en renta fija o interviniendo la renta variable.

Hay que justificar el gasto público sea como sea y, al mismo tiempo, legitimar el uso y abuso de la deuda pública. La excusa keynesiana sirve para racionalizar más deuda tanto los buenos como los malos tiempos punto de tal manera que como está sucediendo en Japón la deuda nacional se incrementa en las etapas recesivas, pero no logra reducirse cuando existe una mínima expansión económica.

Y todas estas medidas aplicadas durante las últimas décadas, simplemente no han funcionado funcionando. El PIB de Japón permaneció estancado durante los últimos 20 años, y en 2011 su tasa de crecimiento del PIB finalmente volvió al mismo nivel que hace 15 años.

El problema que existe es que en un escenario de ligera subida de tipos de interés, hablamos de un pequeño repunte porcentual, el coste de la deuda se encarecería y debido al elevado stock de deuda, tendría serios problemas financieros para hacer frente a los pagos. Hoy, a pesar del objetivo sobre el bono a diez años al 0%, los costes del servicio de la deuda de Japón consumen el 21% del presupuesto.

La manipulación que está ejerciendo a día de hoy el Banco Central de Japón tiene sus objetivos. El primero, como la mayoría de autoridades monetarias, es lograr la estabilidad de precios, contribuyendo así al desarrollo sano de la economía nacional.

Sobre esta cuestión, el objetivo es un 2% en el índice de precios al consumidor (IPC) en enero de 2013, y se ha comprometido a lograr este objetivo en el tiempo más temprano posible. Un hecho que no ha tenido los resultados esperados hasta la fecha.

Pero el segundo objetivo es el “control de la curva de la rentabilidad” en el que el Banco controla los tipos de interés a corto y largo plazo a través de las operaciones de mercado.

Esto significa que el banco central se compromete a comprar cualquier cantidad de bonos que el mercado quiera suministrar a su precio objetivo. Una vez que los mercados de bonos internalizan el compromiso del banco central, el precio objetivo se convierte en el precio de mercado.

Por ejemplo, el BoJ se comprometió en 2016 a fijar las rentabilidades de los bonos soberanos japoneses a 10 años en torno al 0%, en una lucha para impulsar la inflación persistentemente baja. Para alcanzar ese objetivo de rendimiento, la autoridad monetaria tiene una oferta permanente para comprar cualquier bono pendiente a un precio consistente con el rendimiento objetivo.

AEV/MARC FORTUÑO