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Estudio en EE. UU demuestra una alta correlación entre la subida del salario mínimo y el descenso de la tasa de suicidios

Uno de esos factores es ahora revelado por un estudio de investigación como un tema socioeconómico de primer nivel: los datos apuntan a que en EEUU hay una gran cantidad de suicidios debidos a la precariedad económica. De hecho, el estudio afirma que hay una correlación directa entre subir el salario mínimo y que descienda la tasa de suicidios.

Si hay un tema tabú de primer nivel en casi toda socioeconomía, ése es el suicidio de sus ciudadanos. Atendiendo estrictamente a sus cifras de afectados globales, y al hecho de que produce la muerte, puede ser catalogado directamente de pandemia. Pero (casi) nadie osa hablar de ello. Las razones que pueden conducir a que una persona decida suicidarse pueden ser extremadamente variadas; de hecho, puede haber tantas motivaciones como casuísticas personales de cada caso. Pero en algunos asuntos, puede haber un cierto factor que haga de fatídico nexo común entre unos suicidios y otros, y aunque la heterogeneidad siga subyaciendo, evidentemente es susceptible de emerger una causa raíz para bastantes casos de suicidio.

El Instituto Nacional de Estadística venía publicando una reveladora estadística sobre los suicidios en España. Una serie que se dejó de publicar como tal allá por 2006, durante la era Zapatero. Los datos correspondientes a ese último año ya revelaban cómo cada año había en España nada más y nada menos que la fatídica cifra de 2017 suicidios, o lo que es lo mismo, un suicidio cada poco más de cuatro horas, o más de cinco suicidios al día. Como podrán ver, las cifras eran apabullantes, y dejan en evidencia no sólo la indiferencia oficial muchas veces existente (empezando por discontinuar incluso la serie estadística anterior como tal), sino también que el problema es de extrema urgencia, con los muertos calientes desplomándose uno encima de otro.

Por desglosar un poco más estas negras cifras, en el enlace anterior podrán informarse de que, de esos 2017 suicidios, 1.480 fueron cometidos por hombres, y 537 por mujeres. Esto arrojaba en 2006 una proporción del 73,4% de hombres, y del 26,6% de mujeres. Y algunos caerán en la treta de afirmar que bueno, que al fin y al cabo son datos de 2006, y que ahora el drama ya no será tal. Nada más lejos de la realidad: de hecho, desde entonces, las cifras han empeorado considerablemente. Porque afortunadamente cifra sigue habiendo de una u otra manera, y los mismos datos pueden ser recabados de la serie general de defunciones en España filtrando por causa de muerte. Ahí sí que ya tenemos datos actualizados, y revelan cómo en 2018 hubo 3.539 suicidios, 2.619 de hombres y 920 de mujeres (tres de cada cuatro suicidas son hombres). En 2018 en media se suicidó alguien en España cada dos escalofriantes horas y media, lo que supone unos 10 suicidios al día. Como ven, desde que la serie específica dejó de publicarse en 2006, los suicidios cotizan fuertemente al alza, y además la proporción entre sexos se mantiene.

En términos comparativos, las estadísticas siguen siendo reveladoras, puesto que las muertes por suicidio superan ampliamente a las de cualquier otra causa de muerte que no sea por enfermedad, y los datos evidencian que las víctimas por suicidio duplican a las de accidentes de tráfico, superan en 11 veces a las de los homicidios, y en 80 veces a las de violencia de género. En el mundo, las cifras de la OMS no arrojan una estadística mucho mejor, y el cómputo global es que cada año sufrimos 800.000 suicidios globalmente. Y las cifras de tentativas de suicidio todavía mucho más abrumadoras, pero su estadística no es fiable porque las cifras no son ponderables con rigor, debido al estigma que ello suele suponer y a cómo tanto la familia como los propios suicidas lo ocultan celosamente en muchos casos (en muchos países incluso es delito).

Las cifras estimativas de intentos de suicidios infructuosos al año ascienden a 8.000 en España, y buena parte de ellos dejan a los fallidos suicidas con graves secuelas físicas y psíquicas, muchas veces de por vida. Esta cifra supone un intento de suicidio casi cada hora (sí, cada hora), y, aplicando la misma proporción que la de los suicidios consumados, ocurre un intento de suicidio de un hombre cada hora y media, y uno de una mujer cada 4,2 horas. Y por si la evolución fuertemente al alza desde 2006 no fuese suficientemente reveladora, por último, aportamos los datos del INE de 1980 para mayor información: en 1980 se contabilizaron tan sólo 1.652 suicidios, una tasa no muy alejada de la de 2006, y con una composición por sexos similar a la actual. Se debe concluir pues que la explosión en las cifras de suicidios es mayormente un hecho de los últimos 15 años. Y el dato más significativo es que tampoco se ha corregido con la recuperación económica tras la Gran Recesión.

Como además habrán leído en el enlace de la noticia anterior, volviendo de nuevo al nivel mundial, el suicidio supone la segunda causa de muerte en la franja de edad entre los 15 y los 29 años, y el 79% de los casos tienen lugar en países con ingresos medios y bajos ¿Van entendiendo por qué les decía que se trata una auténtica pandemia, que además es incomprensiblemente silenciosa? ¿No creen ustedes que las cifras y la magnitud de esta lacra es como para haber leído titulares sobre ello por doquier? ¿Han visto ustedes un solo Telediario en España abriendo con esta lacerante noticia?

A buen seguro que las causas de los suicidios varían de país a país, y por supuesto de persona a persona, pero, como ya les decía antes, hay algunos factores en común que se pueden atacar sí o sí en algunos (o en muchos) de ellos, logrando alcanzar una probabilidad significativa de éxito. Y es en esa meca de la econometría (mientras sigan permitiendo la calidad en sus cifras) que es EEUU donde un estudio de investigación ha arrojado datos de nuevo muy reveladores al respecto, al menos para el caso estadounidense.

Y es que, más allá de entrar en disquisiciones sexistas sobre por qué (aparentemente) las mujeres son menos proclives al suicidio (que habría que ver las causas últimas de que esto sea así más allá de ramplones supremacismos con tintes biológicos al estilo “las mujeres somos más fuertes”), hay un factor que además puede tener su consistencia con este sesgo: las causas económicas. Efectivamente, las penurias económicas a buen seguro son el tipo de penurias que a su vez más penurias de otros tipos pueden traer… O más bien que implican que esos sufridores económicas menos soluciones pueden permitirse para otras penurias.

El estudio anterior, publicado en el “Journal of Epidemiology & Community Health”, en concreto se centra en el mercado laboral y en la socioeconomía estadounidense. Vaya por delante que, desde estas líneas, siempre hemos afirmado que en temas de salarios mínimos cada país es un mundo, que es esencial el estudio concienzudo de cada casuística nacional, y que lo que puede ser indicado en un país puede estar contraindicado en otro. No obstante, en EEUU, un país que es la primera economía del planeta pero donde de media el salario mínimo ronda tan sólo los 7$ por hora, los resultados han sido que, de haber subido el mismo entre 1990 y 2015 tan sólo en 1$ por hora en cada estado, se habrían salvado más de 27.000 vidas del suicidio, que habrían llegado a las 57.000 vidas de haber sido el incremento de 2$/hora. Y que conste claramente que, como ya les decía antes, hay casos y casos, y la receta que nunca falla a la hora de crear bienestar económico para los ciudadanos es la de generar crecimiento (pero del que genera empleo de calidad y no aparentes sucedáneos), huir de políticas que sólo generan paro, y no cometer desmanes que potencien la próxima crisis.

Además, el estudio concluye que este efecto anti-suicidio es todavía más intenso en épocas de crisis económica. El objeto del estudio ha sido el rango de clase socioeconómica de los adultos con menor formación, puesto que son los más propensos a tener el salario mínimo como ingresos, además de ser (¡Oh casualidad!) los que en las estadísticas arrojan mayores tasas de depresión y suicidios, lo cual parece suponer otro dato que refuerza la hipótesis de una proporción relevante del “suicidio económico”. Y este estudio de referencia no ha sido el único que ha arrojado este tipo de resultado, habiendo incluso un documento de trabajo de la propia Oficina Nacional de Investigación Económica del Gobierno Federal de EEUU concluyendo en este mismo sentido.

El dinero no da la felicidad, y los ricos también lloran, pero no es menos cierto que la infelicidad que da el dinero es mucho más llevadera que la que da la incapacidad económica. Porque por ejemplo debe ser duro tener una enfermedad incurable de la que ni todo el dinero del mundo te puede salvar, pero debe ser ya insufriblemente insoportable que un hijo te caiga enfermo de una enfermedad grave pero curable, y que no dispongas de medios económicos para una intervención o tratamiento adecuado que le salve la vida. Ahí sin duda pueden flotar terribles remordimientos y sentimiento de culpabilidad, porque una cosa es que uno se vea obligado a llevar una vida humilde por decisión o errores propios, y otra muy distinta es que tu inocente y adorado hijo o hija pague injustamente las consecuencias de tus errores.

Pocas psicologías son capaces de superar este tipo de trances, y en muchos casos acaban en divorcio para numerosas parejas, o incluso el desenlace es el suicidio. No se engañen, con este estudio no aflora que la gente humilde se suicide simplemente porque quiere cobrar más o porque no puede comprarse una super-pantalla plana: es evidente que la gente humilde se suicida en los casos del estudio por problemas extremadamente graves, y que se podrían llegar a solucionar (o al menos se aliviarían) en muchos casos con dinero. Y ahí está el verdadero drama personal, y también el drama socioeconómico, especialmente dramático en los casos en los que el motivo del suicidio es la falta de una sanidad o una educación básica con una mínima calidad, que garanticen una cierta igualdad de oportunidades.

Va a ser que muchas muertes no son sólo un estado (inerte), sino que también son la conclusión y la reacción a un estado (económico) para el que no se hay posibilidad de futuro viable. Porque va en la naturaleza de demasiados seres humanos el hecho de que, si no tienen futuro, muchos renuncian al presente, y el pasado acaba siendo una maldición fatídica que tan sólo les ha llevado a tan suicida condición. Pasado, presente y futuro nunca estuvieron tan relacionados, tanto para los que desisten de todos ellos, como para esas socioeconomías que se desangran de individuos cuyo potencial es suicidamente desperdiciado, y cuya vida pasa a ser tristemente resumida por un epitafio esculpido sobre mármol.

AEV/BSALMON


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