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Las tasas de interés en las tarjetas de crédito y la Economía de la Conducta del Consumidor

¿Por qué los bancos e instituciones financieras cobran tasas de interés tan altas las tarjetas de crédito? Es una situación generalizada en casi todos los países del mundo.  La respuesta de la economía tradicional la conocemos, y es plausible. La morosidad de los créditos con tarjetas es elevada, los costos de transacción para recuperar el cobro también y, por lo tanto, los que se endeudan, pero luego cumplen son los que compensan a los irrecuperables. En consecuencia, un grupo termina haciéndose cargo del interés de todos los demás. Podríamos decir, con cierta crudeza, que pagan justos por pecadores.

El argumento implica que si las tasas de interés cobradas por mora de las tarjetas fueran obligatoriamente más bajas, entonces los bancos limitarían el crédito disponible (el monto máximo de gasto de las tarjetas), o cobrarían más por el uso de las tarjetas, o bien ofrecerían menos plásticos, obligando a muchos a volver a los pagos en efectivo.

Estas justificaciones son atendibles, pero incompletas. En particular, no se explica por qué en primera instancia un individuo no paga su tarjeta a tiempo (a veces, ni siquiera el mínimo), y enfrenta un costo financiero altísimo, de los más caros que hay en el mercado. Algunos de esos individuos, según indica la teoría, lograrían luego devolver el crédito tomado. ¿Pero cómo es posible que una persona haya decidido financiarse a semejantes tasas?

Caben aquí dos posibles explicaciones, ambas relacionadas con la Economía de la Conducta, la disciplina que combina economía y psicología.

La primera es que la persona que no paga el saldo de su tarjeta está en una situación límite. No se trata de alguien que “elige” no pagar, sino de alguien que está obligado a hacerlo. Una razón es que, al comprar con la tarjeta, sus cálculos financieros le jugaron una mala pasada. Las compras en cuotas, típicamente, se evalúan en relación al ingreso, pero rara vez esa cuenta incluye las cuotas de compras anteriores, muchas de ellas olvidadas pero latentes en nuestro resumen. Es así como los saldos crecen y se mantienen elevados durante muchos meses, hasta que llega un evento negativo que nos obliga a dejar de pagar. Y esta circunstancia nos obliga a tomar un préstamo no deseado que deberemos repagar a tasas estrambóticas.

Podría tratarse de una construcción artificial elaborada específicamente para poder cobrar más interés aprovechando que algunos deudores simplemente olvidaron hacerlo. Otros créditos no tienen ninguna cláusula parecida.

Los bancos conocen perfectamente a sus clientes. Saben que toman decisiones equivocadas o tardías, que se olvidan, que no hacen bien las cuentas, y que se confunden. Varios economistas, en cambio, están convencidos de que los individuos son completamente racionales y que toman decisiones óptimas todo el tiempo. El resultado: los economistas liberan los mercados, y los bancos y las tarjetas festejan haciendo una jugosa diferencia, por la vía obvia de explotar las fallas del homo economicus.

Usualmente, quienes lucran con estos negocios opinan que postular que los individuos no son racionales es “subestimarlos”, pero esta es una respuesta retórica, no realista. Cientos de experimentos demuestran que los individuos de carne y hueso toman permanentemente decisiones financieras equivocadas, o que toman riesgos innecesarios, y los que tienen mayor experiencia en la materia se aprovechan de esta situación. Se han publicado decenas de papers justificando la necesidad de mejorar la educación financiera.

Si la explicación de la Economía de la Conducta resulta ser generalizada, entonces la medida de limitar las tasas de interés cobradas por las tarjetas no debería afectar demasiado el negocio. Quizás haya lugar para el optimismo. En Estados Unidos, donde los usuarios financieros están más entrenados que en otros paises, los bancos cobran por atrasos un interés real de entre 15% y 20% (por simplicidad asumo que es igual a la tasa nominal). Mientras que en Argentina el banco que menos cobra nos castiga con una tasa interés real de 40% (tasa nominal de 120% menos una inflación estimada de 55%).

AEV/AFT


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